February 11th, 2013

el arte de sonreír tristemente

Alegría. Eras simplemente feliz, y yo te quiero tanto (tanto) (tanto) que de mí se apoderaba un calorcito reflejo, como si mi mente hubiera estado tomando caña o esos licores de invierno que abrigan la garganta más que cualquier bufanda. Verte feliz me provoca un rapto de felicidad, tanto (tanto) (tanto) que hasta podría decirte "eh, vos, felicirraptor", con una sonrisa llena de dientes amigables. Hay algo que automáticamente se enciende y quiero darte la mano y bailar con el pelo lleno de trenzas o que te quedes dormido en mi hombro o que me quede dormida en el tuyo en algún micro intraprovincial. Afuera transcurría, inmensa, la noche y lucecitas y el silencio del grillo.

Alegristeza. Yo era simplemente feliz y triste. Te miro y veo, sonriente, mi tristeza. Una burbuja gigante que rodea todo lo que no me animé a darte por ese miedo maligno a no aceptar la derrota -la derrota del primer amor, que había ansiado y arrostrado durante más de un año- y todavía más tuve miedo de perderte, como a ese otro que ya estaba perdiendo y que tiempo después se convertiría en un extraño más y yo lo sabía pero todavía daba brazadas en el agua como esa vez en que estuve a punto de perderme en el mar. No, no quería, no podía convertirte en aquel a quien había amado tanto (tanto) (tanto) y de quien sin embargo me desilusioné irremediablemente, no era un destino aceptable para un miembro de mi manada, para mi espejo mordaz y ardiente de ambiciones. Tuve miedo, lo acepto. Me lo digo a mí misma para no olvidarlo nunca: entré en pánico, no me quise jugar, te fabriqué un papel feliz y artificial e interpreté esa comedia tantas veces (tantas) (tantas), que terminé creyéndola como Bela Lugosi, y así fue mejor, así es mejor, llegué a sentir realmente lo que quería sentir -o no sentir-. Los meses fluyeron como siempre. A veces la mampostería se desgarraba y entonces me atacaba la poesía, las lágrimas bajo el acolchado para que nadie viera, el morderme los labios y Hesse a rabiar.

De nuevo los años, los viajes, las distancias, otros amores, más años, más distancias, y a pesar de todo continuamos siempre unidos; casi podía atisbar el hilo plateado que de tiempo en tiempo me daba un tironcito, pero cada vez menos, y aún así tanto amor (¿otro amor?) (¡tanto amor!) inúndandolo todo. Sonrío. Me hacés sonreír. Estoy triste. Mi hermano, mi compañero, mi querido... como verás, no me fue tan bien en ciertas cosas. Te veo y me veo -no puedo no verme- en un juego de truco que ganamos porque te regalé con trampa las mejores cartas. Te veo y me veo en esa noche bajo el Can Mayor, tu mirada dolorosa y brillante de emoción al aceptar ese pacto tibio que se me escapó torpemente de la boca en vez de... ¡ahh, era tan piba y sabía tan poco del amor, de la tibieza, de las estrellas!

//En el sueño se presenta mi antiguo amante y comprende de pronto a la nueva mujer en mí y todas las barreras autoimpuestas caen como una venda, una venda en los ojos, una venda en la herida abierta del fracaso, que ahora es cicatriz o acaso piel rosada y fragante. Sobreviene un temblor, porque es difícil despojarse del recuerdo de aquello que alguna vez fue, pero también aparece la confianza, un tigre con ánimos de juego, un bostezo, un gruñido, un aluvión de besos.//

Ahora soy yo la del desamor, una esmeralda en un ojo y medio zafiro en el otro, húmedos de gracia, de sonrisa. Estabas tan lindo... cómo decirte ahora que por unos minutos me sentí la reina de la noche: mientras bailábamos resplandecían eternas las constelaciones a través de la niebla en vez de las luces de baile y la máquina de humo. En mi gargantilla llevo las estrellas, y estoy de rojo y negro, y vos de rojo y negro, porque siempre fuimos eso: rojo y negro, rojo o negro, pero el blanco, todo el blanco del mundo le pertenece a ella la que te ama. Nada puedo ofrecerte, esto no es amor, es un amasijo de emociones y recuerdos y represión, una plastilina de sangre y es bailar pero no, pero no (pero no).

Mientras tanto también amo a quien no me quiere, quiero a quien no me ama, desprecio lo que se me da, doy lo que me queda, patino hacia el horizonte como mejor me sale, con el talón lleno de flechas que espero que el tiempo cure, aunque lo único que sé del tiempo es que miente y persuade y tuerce la memoria. Todavía confío, todavía busco, todavía huyo, todavía todo lo que amo existe lejos de mí en kilometraje y sentimiento, y nadie me presta el brazo para sostenerme mientras contemplo tu entrada triunfal, ella tan radiante, vos tan sonriente, y cómo me gustaría sonreírte simple y alegre, pero te doy lo mejor que tengo y en este instante no hay nada puro en mí, nada que no sea sonreírte con tristeza pero sin que se note y desearte genuinamente todo el cielo que existe mientras pienso en cómo me gustaría que me hicieras un lugar, por modesto que sea, porque yo también quiero un pedazo de cielo, una parcelita ahí en algún rincón de la galaxia y a la vez cerca tuyo y cerca del vacío, del espacio infinito. Y sonrío (¡sonrío!), porque lo que te ofrezco, lo que aceptaste esa noche, sin firmas ni fiestas ni vestidos de gala, es verdaderamente hasta que la muerte nos separe. Y, de únicos testigos, las estrellas.