February 13th, 2013

Gomitas

Dejar pasar las horas para que el recuerdo del sueño se disuelva en la experiencia múltiple de la vigilia, para que el sabor en la boca se mezcle con el de la cena, y la visión con el empapelado, y así poder transcurrir, proseguir con la vida, como si no hubiera sucedido nada. Nada, en efecto, ha sucedido: los Grandes Criterios explican con tono paternalista que no, que no puede ser, que no puede afectarte, que si no es real no importa. A modo de sugerencia amigable, barré la loza rota bajo la alfombra y concentrate en lo importante.

Leí por ahí alguna vez que el cerebro no distingue per se una experiencia real de una onírica. La codificación electroquímica del fenómeno percibido es equivalente en ambos casos.

Soñé por ahí alguna vez, acaso hoy mismo, que nos íbamos de viaje y tenías un gesto de ternura infinita y yo te besaba la frente en un rapto de cariño y te acariciaba de prepo el pelo negro. De repente la represa de la represión se abría y nos mordíamos por primera vez y abandonábamos la maldición de las sillas, la postura del té con tres de azúcar, y nos precipitábamos a la anarquía del suelo. De repente la represa de la represión se cerraba y nos acordábamos de todo (¿la realidad del sueño, la realidad real?, en particular de ella que te esperaba en tu ciudad. Pararse implicaba recuperar la compostura, abandonar la habitación del impulso, que me muestres, en la alacena del rincón del pasaje ínfimo frente a la cocina, un tarro de vidrio lleno de pastillas de goma, de material de souvenir.

Para ese entonces sabía que me había mandado una macana tremenda y ahora cómo arreglarla, cómo hacer para no hacerte sufrir, para seguir queriéndonos igual que siempre, para que el látigo de la culpa no restalle. Cómo explicarte que simplemente tenía que suceder, que lo sabía desde hace tantos meses, desde ese otro sueño, el de la fiesta en el salón y nosotros charlando al lado de las cortinas, y qué parecido todo a la realidad, la puta madre, qué parecido el piso de mosaico, las fotos de familia, las mesitas redondas, las telas que flamean levemente sobre las paredes, los ministros con su rancia y respetable autoridad.