September 7th, 2013

Zangief, o el amor

Soy el Zangief de los asuntos sentimentales. Lento, pesado, de mal gusto. No entiendo el amor blitz, la flecha de Cupido, el embobamiento de la primera noche.

Más que ser yo Zangief, Zangief es, para mí, el amor. Un ruso gigante y peludo al que le cuesta moverse, que recorre apenas la mitad de la pantalla mientras Chun Li ya dio tres vueltas, pero en el momento en que te pone una mano encima, cataplúm. Un Zangief que no activa, que no promete, hasta que de repente, cuando parecía que estaba a punto de perder, te salta encima de la cabeza y te noquea, pum, a la lona.
Me gustaría a veces sentir ese flash del amor en la segunda cita, comprar el tiempo compartido en Uruguay y mandarle mil mangos al príncipe nigeriano en apuros. Pero eso no es amor, es obnubilación, es calentura, es el action figure del otro recién sacado del blíster sin ningún rayón y con todas las extremidades sanitas y perfectas.

Mi Zangief, mi querido Zangief, es ese que perdura sin un brazo y te da vuelta el round. Zangief no planea un viaje al Norte sin saber qué tal le sale el arroz al otro, sin haberlo visto doblado de vodka o estallar de horror en medio del súper. Mi amor es lento y tiene la forma de un montón de despertares, todos distintos, a veces con mate, a veces corriendo, tres mañaneros, otros tantos rechazos, o al atardecer con torta de manzanas después de una noche en vela viendo dibujitos o saltando en la calle.

Zangief desconfía y no quiere mudarse tan pronto a mi cabeza, me dice va rápido ese pibe, se cree que sos lo más, pero no, es mejor que te quieran como sos, que es mucho mejor que ser lo más, es mejor que te hagan frente y no te den todo en bandeja de plata y yo le creo porque soy igual de lerda y de cabeza dura y de feroz, aunque mi barba tupida de luchador ruso sea invisible y, mis músculos, pura voluntad.

Soy el Rayden del romance. El Donkey Kong del amor. Tiro barriles desde mi plataforma porque no puedo deponer mi fuerza y mis deseos, beso a los de abajo, cómodos y tranquilos, pero no puedo hablar de amor si no estoy mirando el cielo y, si nadie se anima a subir, si no saben lidiar con los barriles que caen, mejor me quedo mirando la luna y las estrellas y besando a los de abajo. Pero sin mentir grandilocuencias ni apurar sentimientos que no existen, que no pueden existir así de pronto y así de suavecito. ¿Cuántos litros de lluvia tienen que caer? ¿Cuántos exámenes, cuántas cervezas, cuántas películas, cuántos años?

Porque no soy ese bicho brillante que algunos ven, soy el oso en la cueva, el dragón en la gruta, la Llorona del monte y el ogro gruñón. Y quiero seguir siéndolo, no que me quieran entre sedas, no que se apresuren a llenarme la copa, quiero afecto consciente porque soy como Zangief, estoy cubierta de cicatrices y cada una de ellas es la historia de mi piel y de mi mente. Y yo me anoto en todas las excursiones, en todos los affaires que me interesan y sonrío con ganas y compro forros y te invito al cine, pero tampoco la pavada, tampoco automentirse, tampoco tutú y babau, tampoco todos los días y quiero verte todo el tiempo porque ahí está el hueco que no se llena con personas ni monstruos ni mil kilos de escombro, y en ese hueco no quiero terminar.

Quiero todavía el desafío, algún igual, alguien que me haga frente con mis armas como Ryu con Ken, o como Sub Zero con Scorpion y Reptile y Smoke y Noob Saibot. Pero no, mi amor es grandote, singular y soviético, puede con varios, no tolera las órdenes ni baraja nombres de bebés. No es Sonic mi amor, no es Correcaminos, no está en bullet time: tarda en llegar y tarda en irse, si es que alguna vez llega o se va, y cuando lo hace me da vuelta el marote como un spinning piledriver contra el piso, como Zangief que pega fuerte fuerte o escapa.